Bolsa de Comercio: se superan los obstáculos para bajar la inflación

Si bien la amplia mayoría de los países del mundo tienen una inflación anual inferior a los dos dígitos, el índice de precios al consumidor de Argentina tuvo un incremento de 47,7% en 2018, ubicándolo como el cuarto país con la inflación más elevada. Tasas de inflación altas y variables distorsionan la asignación de recursos de la economía y generan incertidumbre que interfieren en la actividad económica.

En efecto, mientras que aquellos países con una inflación media o baja crecen, aunque a tasas disímiles, los países con inflación superior a 20% experimentaron en promedio una caída del PBI de 1,2% para el quinquenio que va de 2013 a 2018.

Las experiencias de otros países nos muestran que la estabilidad está asociada a una política fiscal y monetaria responsable. Con respecto a la primera, el déficit fiscal influye en la inflación mediante dos canales, generando una presión de demanda agregada y por la emisión monetaria presente o futura para financiarlo, en el caso de países con elevados niveles de gasto público, como Argentina.

En cuanto a la política monetaria, el nexo de largo plazo entre emisión monetaria e inflación es contundente. Si se clasifica a los países en desarrollo de acuerdo al crecimiento de la base monetaria promedio entre 2013 y 2018, aquellos países con emisión anual menor al 5% presentaron una tasa de inflación promedio de 2%. En contraste, los países con tasa de crecimiento de la base monetaria entre 25% y 50% presentaron una inflación de 24%, y aquellos con una emisión superior al 50%, presentaron una inflación promedio de 65%.

La situación de Argentina es atípica aún entre los países limítrofes, siendo el único país de la región con inflación de dos dígitos y que presentó una caída del PBI en 2018. De acuerdo al Índice de Competitividad Global del Foro Económico Mundial, Argentina tiene una competitividad baja, determinada principalmente por esa falta de estabilidad macroeconómica.

Nuestro país obtuvo el puesto número 81 en el ranking que incluye a 140 países, resultado que está más cerca del de Bolivia (105) y Paraguay (95) que del de Chile (33) y Uruguay (53), los países de mejor desempeño en la región. La falta de estabilidad macroeconómica también deteriora el desarrollo humano. A pesar de eso, según el Índice de Desarrollo Humano (IDH) del PNUD, Argentina ocupa el puesto el puesto número 47, solo superado entre los países vecinos por el puesto número 44 de Chile.

Esto muestra el elevado potencial de nuestro país, que podría mejorar de manera sensible su competitividad y su nivel de desarrollo humano si soluciona sus problemas de inestabilidad macroeconómica.

Cabe preguntarse si se está avanzando en dirección a una política fiscal y monetaria responsable. Con respecto al primer punto, se observan progresos importantes desde el 2016, año en que el rojo primario alcanzó un 4,2% del PBI.

En 2017 se lo redujo a 3,8%, y en 2018 se acentuaron los esfuerzos, llevándolo a 2,3%. En el primer cuatrimestre del año en curso, se obtuvo un superávit primario por primera vez en 8 años, y se espera terminar el 2019 con un déficit de medio punto del PBI.

Por su parte, desde el punto de vista de la política monetaria, en el Gráfico 1 vemos que los avances importantes son más recientes. La tasa de crecimiento de la base monetaria se ubicó entre 25% y 36% al final de los tres últimos años y sin seguir una tendencia clara a la baja.

A partir del plan monetario implementado desde octubre de 2018, la tendencia se volvió claramente decreciente. Dado que el plan monetario estableció que prácticamente no haya emisión de dinero desde octubre, a partir del mes de septiembre de este año la nueva política monetaria comenzará tener pleno efecto sobre los indicadores interanuales de variación de la base monetaria. De esta manera, en diciembre próximo veremos que la base monetaria habrá crecido solamente cerca de un 7% en 2019.

Estas medidas estructurales harán reducir la inflación y permitirán acoplarla al nivel del resto de los países en el mediano y largo plazo. Sin embargo, estas políticas llevan tiempo en dar resultados y tienen costos de ajuste en términos de menor actividad en el corto plazo, por la menor demanda agregada asociada a la contracción fiscal y la suba de tasas de interés para convalidar la contracción monetaria, y de mayor inflación en el corto plazo ante el ajuste de tarifas y la fuerte depreciación del tipo de cambio necesarios para la correc ción de los desequilibrios económicos.

Ante esto, a pesar de los esfuerzos mencionados, la inflación se incrementó en el primer trimestre del año. Con la estabilidad cambiaria recuperada en el mes de mayo, a partir del anuncio del Banco Central de la posibilidad de intervención y sin ajustes de tarifas esperados en los próximos meses, la inflación debería bajar gradualmente en el corto plazo.

En síntesis, en un contexto en que la estabilidad macro es condición necesaria para el crecimiento económico, contar con cuentas fiscales ordenadas y políticas monetarias responsables es esencial para reducir la inflación de manera sostenida.

Argentina viene mostrando avances importantes en ambas dimensiones, pero la incertidumbre cambiaria y política dificultan la misión. En un presente en donde los costos de los ajustes necesarios para corregir los profundos desequilibrios de la economía argentina son evidentes e inevitables, el país se debate entre elegir seguir o dejar el camino hacia la corrección de sus desequilibrios estructurales.

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